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Cuando tiembla la tierra: el Dios que todavía juzga

Cuando tiembla la tierra: el Dios que todavía juzga

Hermanos, tenemos que hablar de un Dios del que casi nadie quiere hablar.

No es el Dios de Instagram, siempre sonriendo, siempre diciendo “todo va a estar bien” pase lo que pase. Es el Dios de la Biblia: el Dios que ama, sí, pero también el Dios que se aira, que juzga, que corta, que disciplina y que, cuando es necesario, sacude una nación entera.

El Dios que “corta al justo y al impío”

Dios le habló a Israel por medio de Ezequiel y le dijo algo que muchos cristianos modernos no soportan escuchar:

“Así ha dicho Jehová: He aquí, yo estoy contra ti, y sacaré mi espada de su vaina, y cortaré de ti al justo y al impío.” (Ezequiel 21:3–4)

Dios no está describiendo un accidente geopolítico. No está diciendo “Nabucodonosor tuvo un mal dí­a”. Está diciendo: “yo estoy contra ti, yo saco mi espada, yo corto”. Y esa espada no distingue a nivel de evento externo entre justo e impío. Caen ciudades, caen muros, se derrumban casas, y dentro de ese mismo escenario sufren el perverso que nunca se arrepintió y el justo que amaba a Dios.

Eclesiastés lo miró “debajo del sol” y lo dijo así:

“Todo acontece de la misma manera a todos; un mismo suceso ocurre al justo y al impío…” (Eclesiastés 9:2)

Viene la calamidad, tiembla la tierra, cae la torre, y desde nuestra perspectiva humana parece que da lo mismo temer a Dios o no. El terremoto no pregunta primero el estado espiritual de cada uno. Esa es la apariencia. Pero detrás de esa apariencia hay un Dios soberano que está tratando con una generación, con una ciudad, con una nación.

Jesús no cancela el juicio, lo agudiza

El problema es que hoy muchos cristianos han diluido esta parte de Dios. Quieren un Dios tan amoroso que no se pueda enojar. Un Dios tan “padre bueno” que no puede disciplinar con severidad. Un Dios tan “positivo” que no usaría jamás una desgracia como instrumento de juicio.

Y así terminamos predicando a un dios que no es el de la Biblia, sino una versión domesticada, un dios alcahueta, permisivo, que mira el pecado, se tapa los ojos y dice: “tranquilos, todo es gracia”.

Pero Jesús no predicó a ese dios. Mira lo que Él hace en Lucas 13:

“O aquellos dieciocho sobre los cuales cayó la torre en Siloé, y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que todos los hombres que habitan en Jerusalén? Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente.” (Lucas 13:4–5)

Muchos usan este texto para decir: “ves, Jesús está diciendo que esas tragedias no son juicio de Dios”. No. Jesús no dice eso. Lo que Él destruye es la arrogancia de pensar: “ellos eran peores, por eso les pasó”. o “Solo a quien les pasa cosas malas es porque son pecadores y lo merecen”

El problema del corazón humano no es creer que Dios juzga, sino creer que yo no merezco ser juzgado.

Jesus no dice: “Dios no manda castigos”. Jesús dice: “Crees que eras mejor que ellos. No. Si no te arrepientes, tú también perecerás”.

Es decir: cada torre que cae, cada terremoto, cada huracán, cada inundación, cada tornado, cada sequía  y cada desgracia masiva es un recordatorio brutal de que nadie está por encima del juicio de Dios. No sabemos caso por caso si tal muerte fue disciplina directa, juicio personal o só­lo el hecho de estar dentro de una generación bajo juicio; pero lo que sí sabemos es que la reacción correcta no es analizar el karma del otro, sino examinar el propio corazón y arrepentirse.

Dios juzga también dentro de la iglesia

Y esto no es só­lo para los “de afuera”. Dios juzga también dentro de la iglesia. En 1 Corintios 11, Pablo está hablando de la Cena del Señor, y dice algo que rompe todos los esquemas del evangelio light:

“Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen. Si, pues, nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados; mas siendo juzgados, somos castigados por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo.” (1 Corintios 11:30–32)

Quién está castigando ahí. El Señor. ¿Con que?. Con enfermedad, debilidad, incluso muerte. Sobre quiénes. Sobre los creyentes. ¿Para qué?. Para que no sean condenados con el mundo.

Esto rompe la caricatura de un Dios incapaz de usar dolor físico, enfermedad o incluso muerte como disciplina y juicio. La Biblia no tiene problema en decir: “esto te pasó cómo juicio del Señor”. Nosotros sí tenemos problema en decirlo, porque preferimos un Dios que nunca nos incomode o nos haga ver nuestra maldad.

Terremotos, desgracias y juicios de Dios

Ahora, en el contexto de terremotos, sismos, desastres naturales, muchos se apresuran a decir: “Dios no tiene nada que ver, eso es pura naturaleza”.

Y claro, debemos ser muy humildes: no podemos afirmar livianamente cada evento puntual como “Dios castigó a tal ciudad por tal pecado”. Eso sería irresponsable. No somos profetas inspirados para leer todos los detalles.

Pero otra cosa muy distinta es decir: “Dios no usa terremotos, ni desastres, ni tragedias como juicios”. Eso ya choca de frente con la Escritura.

En toda la Biblia, los terremotos están asociados con la presencia de Dios, con su voz, con su ley, con su juicio sobre la tierra. Dios sacude montes, sacude naciones, y Jesús anunció que en el marco de los últimos tiempos habría “terremotos en muchos lugares”, dentro de un escenario de guerras, hambres y señales que apuntan a un mundo bajo juicio. En el libro de Apocalipsis vemos claramente este tipo de juicios.

Tres verdades que no podemos ignorar:

a) Cuando Dios juzga una ciudad, una nación o una generación, los justos también pueden morir en ese contexto

Ezequiel 21 lo deja claro: “cortaré de ti al justo y al impío”. Eclesiastés dice: “un mismo suceso ocurre al justo y al impío”.

Esteban murió apedreado, pero no bajo condenación, sino lleno del Espíritu, viendo a Jesús de pie a la diestra del Padre. Fue un mártir, no un condenado. Así, hoy también, muchos creyentes mueren en guerras, terremotos, accidentes, pandemias. Eso no significa que Dios los odia, ni que ellos eran más pecadores que los demás o que Dios les estaba retirando su favor y los condenaria. No, Significa que están dentro de una historia donde Dios está ejerciendo juicios, disciplina, advertencias sobre una generación.

b) Dios sigue enviando juicios por medio de desgracias

Tal vez no podamos leer todos los detalles, pero sí podemos afirmar la categoría: Dios no es un espectador de la historia. No se queda mirando cómo la tierra tiembla diciendo: “uy, qué mal, yo no tengo nada que ver”.

Él es soberano. Él gobierna. Él abre y cierra puertas. Él exalta y derriba naciones. Él permite, limita, da vida y la quita, ordena, disciplina y juzga.

La Escritura es clara: el juicio comienza por la casa de Dios (1 Pedro 4:17). Dios disciplina, purifica y corrige primero a su propio pueblo antes de juzgar al resto del mundo.

“A vosotros solamente he conocido de todas las familias de la tierra; por tanto, os castigaré por todas vuestras maldades.” (Amós 3:2)

“Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete.” (Apocalipsis 3:19)

c) Baja del pedestal

El problema no es só­lo doctrinal; es de orgullo. Cuando escuchas de un terremoto donde mueren miles, algo en tu corazón puede pensar: “Menos mal no fue aquí. Menos mal yo no estaba ahí. Pobrecitos… ojalá se acerquen a Dios”.

Pero Jesús te mira a los ojos y te dice: “Piensas que eran más culpables que tú. No. Si no te arrepientes, perecerás igualmente.”

Cada vez que tiembla la tierra, cada vez que se cae una torre, cada vez que una tragedia masiva inunda las noticias, es como si Dios nos estuviera gritando:

“No eres intocable. Tu vida puede terminar en un instante. Deja de jugar con el pecado. Arrepiéntete mientras aún tienes tiempo.”

El verdadero peligro

Dios sigue siendo amor, sí. Pero es un amor santo, un amor que disciplina, un amor que no comparte habitación con tu idolatría, con tu doble vida, con tu orgullo religioso.

No es un amor alcahueta. No es un amor cómplice, es un amor que, si hace falta, permite que la tierra tiemble debajo de tus pies para que despiertes antes de la condenación eterna.

La misma mano que hiere, es la que cura

Todo esto podría sonar aterrador si nos detuviéramos aquí. Pero hay una verdad que equilibra el mensaje y que no podemos olvidar.

Elifaz, uno de los amigos de Job, pronunció unas palabras que resumen el corazón de Dios:

“Porque él es quien hace la llaga, y él la vendará; él hiere, y sus manos curan.” (Job 5:18)

Y Moisés lo dijo aún más directo en Deuteronomio:

“Ved ahora que yo, yo soy, y no hay dioses conmigo; yo hago morir, y yo hago vivir; yo hiero, y yo sano…” (Deuteronomio 32:39)

Esta es la clave que muchos se pierden:

Dios no hiere por sadismo, Él hiere por amor.

La misma mano que desenvaina la espada del juicio es la mano que vendará tus heridas. El mismo Dios que permite que la tierra tiemble es el Dios que te levanta cuando caes. El mismo Señor que disciplina con enfermedad es el Señor que restaura y da vida.

Pero hay un orden: primero viene la herida, luego la venda. Primero el golpe, luego la cura. Primero el juicio, luego la restauración. 

Dios no se salta el proceso. No puede curar lo que no reconoce que está herido. No puede restaurar lo que no se ha quebrantado. No puede salvar del juicio eterno a quien nunca entendió que estaba bajo juicio temporal.

Por eso los terremotos, las enfermedades, las disciplinas, los juicios: no son el final de la historia. Son el megáfono de Dios para despertarte antes del final. Esta es una promesa muy hermosa para su pueblo.

El verdadero peligro no es la mano que hiere. El verdadero peligro es rechazar la mano que cura.

Porque sí, Dios hiere, pero también sana. Sí, Dios juzga, pero también salva. Sí, Dios mata, pero también da vida.

La pregunta no es “por qué Dios permite esto”. La pregunta es: “qué estoy haciendo con la mano que me hiere para llevarme a la mano que me cura”.

Así que, frente a los terremotos, las desgracias, las noticias que nos espantan, no te apresures a decir ni “Dios no tiene nada que ver”, ni “ellos eran peores”.

Haz lo que Jesús mandó: mírate a ti mismo y arrepiéntete.

Porque el verdadero peligro no es morir en un terremoto. El verdadero peligro es morir sin arrepentimiento, confiado en un dios que nunca se enoja, que nunca juzga, que nunca disciplina… un dios que no existe.

Y el verdadero milagro no es escapar del juicio. El verdadero milagro es dejar que la mano que hiere te lleve a la mano que cura.

Por: Luis M. Sarabia

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