Relaciones, matrimonio y santidad: volver a hablar como la Biblia habla
En tiempos donde muchas conversaciones sobre relaciones han sido infladas por el romanticismo moderno, el lenguaje emocional y frases que suenan piadosas pero no siempre están ancladas en la Escritura, la iglesia necesita volver a hablar con claridad bíblica. No debemos avergonzarnos de la realidad de la atracción, del deseo, del matrimonio ni de la sexualidad; lo que sí debemos hacer es hablar de todo eso con la honestidad de la Biblia y no con los filtros de la cultura.
La Escritura no presenta el matrimonio como un cuento de hadas, ni como un proceso construido sobre idealizaciones sentimentales. Tampoco enseña que el amor o las relaciones sentimentales consista en mirar a una mujer que se está considerando como una futura esposa “como una hermana” cuando en realidad se le está considerando para matrimonio. Esa clase de lenguaje, aunque a veces nace del deseo de proteger la santidad, puede terminar confundiéndose con una espiritualidad artificial que no llama las cosas por su nombre. La Biblia no niega la atracción entre hombre y mujer; la ordena, la encauza y la somete al señorío de Dios.
El matrimonio en la Escritura no nace del romanticismo moderno

En el Antiguo Testamento, muchas uniones matrimoniales se establecían dentro de contextos familiares, culturales y de pacto, no bajo la lógica moderna del enamoramiento como fundamento principal. Por ejemplo, Abraham envió a su siervo a buscar esposa para Isaac, y el proceso estuvo marcado por providencia, carácter y dirección divina, no por una narrativa romántica al estilo del mundo moderno (Génesis 24). También vemos que las uniones en el pueblo de Dios estaban ligadas a la continuidad del linaje, a la obediencia y al propósito de Dios en la historia de la redención.
Eso no significa que no hubiera amor, afecto o deleite en el matrimonio, pero muchas de estas sensaciones o experiencias se daban en el contexto del matrimonio, es decir después de casados, no antes, como lo quieren ver ahora. El libro de Cantares muestra con belleza el gozo, la atracción y la pasión entre esposo y esposa. Proverbios también celebra la alegría del matrimonio y el deleite legítimo en la mujer de la juventud (Proverbios 5:18-19). Es decir, la Biblia no demoniza y romantiza el deseo; lo santifica dentro del pacto matrimonial.
La diferencia es que la Escritura no presenta el romanticismo como fundamento supremo, sino el pacto, la obediencia y el temor de Dios. El mundo suele poner la emoción antes del carácter; la Biblia pone el carácter antes del vínculo.
El deseo no es pecado, pero sí debe tener orden

Una de las mentiras más dañinas dentro y fuera de la iglesia es la idea de que el deseo sexual en sí mismo es impuro. Eso no es lo que enseña la Biblia. Dios creó al ser humano como varón y hembra, y la unión sexual fue diseñada por Él dentro del marco del matrimonio (Génesis 2:24). Hebreos 13:4 dice que “honroso sea en todos el matrimonio, y el lecho sin mancilla”, lo cual afirma que la intimidad sexual matrimonial es limpia delante de Dios. El problema no es el sexo; el problema es el pecado.
Por eso, cuando Pablo habla en 1 Corintios 7, no presenta el cuerpo como algo malo, sino que reconoce una realidad humana y pastoral: “por causa de las fornicaciones, cada uno tenga su propia mujer” y “mejor es casarse que estarse quemando” (1 Corintios 7:2, 9). El apóstol no está espiritualizando el deseo hasta volverlo invisible; lo está enfrentando con sobriedad. Hay pasiones, anhelos y hay una inclinación natural entre hombre y mujer, pero todo eso debe ser llevado al diseño de Dios.
“No obstante, si un hombre piensa que está tratando a su prometida en forma impropia y que inevitablemente cederá a sus pasiones, que se case con ella como él quiere; no peca, que se casen” [1 Corintios 7:36, NVI].
En este pasaje vemos que Dios no condena el deseo sexual. Al contrario, aconseja que, antes de ceder a ese deseo y cometer un acto impuro, es mejor casarse. No obstante, en nuestros días, declarar que se desea casarse por el anhelo de tener intimidad sexual suele ser considerado como lo “más pecaminoso del mundo”, como si el sexo fuera algo pecaminoso en sí mismo.
Es precisamente por este tipo de ideas que, con frecuencia, la verdad se disfraza para parecer más espiritual, pero en el fondo no deja de revelar que, en la gran mayoría de los casos, los motivos que impulsan a los creyentes a casarse son el deseo sexual u otros deseos muy diferentes a la santidad de la pareja.
Se aparenta una cosa, siendo la realidad otra y todo para parecer más espirituales, y en esa hipocresía muchos terminan pecando, ya que al no reconocer esos deseos, se pasan por alto, y hasta muchos durán en relaciones de cortejos eternos y terminan cayendo en pecado sexual, y todo por no aceptar que tenían un deseo sexual, lo cual es natural y es dado por Dios.
La santidad no consiste en negar lo humano, sino en gobernar bajo la verdad de Dios. El deseo fuera del pacto se convierte en tentación, pero dentro del matrimonio puede y debe ser una expresión buena, santa y bendecida por el Señor.
“No obstante, si un hombre piensa que está tratando a su prometida en forma impropia y que inevitablemente cederá a sus pasiones, que se case con ella como él quiere; no peca, que se casen” [1 Corintios 7:36, NVI].
En este pasaje vemos claramente que Dios no condena el deseo sexual. Por el contrario, el apóstol aconseja que, antes de ceder a ese deseo y cometer un acto impuro, es mejor contraer matrimonio. Sin embargo, en nuestros días, declarar que se desea casarse por el anhelo de tener intimidad sexual suele ser considerado como algo profundamente inconveniente, como si el sexo fuera pecaminoso en sí mismo.
Es precisamente por este tipo de concepciones que, con frecuencia, la verdad se disfraza bajo un manto de mayor espiritualidad. No obstante, en el fondo no deja de revelarse que, en la gran mayoría de los casos, los motivos que impulsan a los creyentes a casarse son el deseo sexual u otros impulsos muy alejados de la supuesta santidad o crecimiento espiritual que dicen buscar o desarrollar en su pareja. Se aparenta una cosa, siendo la realidad otra; todo con el fin de parecer más espirituales. Y en esa hipocresía muchos terminan pecando, ya que al no reconocer esos deseos, los pasan por alto y no se vigilan, sino que se inhiben y ocultan. Muchos permanecen en cortejos eternos y terminan cayendo en pecado sexual, todo por no aceptar que tenían un deseo sexual, lo cual es natural y es dado por Dios.
La santidad no consiste en negar lo humano, sino en gobernar bajo la verdad de Dios. El deseo fuera del pacto matrimonial se convierte en tentación, pero dentro del matrimonio puede y debe ser una expresión buena, santa y bendecida por el Señor.
No todo lenguaje religioso es lenguaje bíblico
Mucho del discurso contemporáneo sobre relaciones está lleno de frases bonitas, pero no necesariamente bíblicas. Se habla de “orar por ella para verla crecer en Cristo”, “Orar por ella no para ganarla para mi, sino para Cristo”, “descubrir juntos el propósito de Dios”, “caminar juntos en procesos de santidad” y expresiones parecidas que, en sí mismas, pueden sonar espirituales. El problema es cuando esas frases sustituyen el criterio bíblico o crean una espiritualidad superficial que no enfrenta la realidad.
La Biblia sí llama a orar, sí llama a discernir, sí llama a buscar sabiduría y sí llama a amar con pureza, a crecer en santidad. Pero no nos manda a usar un lenguaje piadoso para disfrazar intereses románticos. Si a un hombre o mujer le gusta una creyente para posible cónyuge, debe admitirlo con honestidad, evaluar si ambos comparten la fe, si hay madurez, si existe carácter y si el vínculo puede avanzar de forma sabia. No necesita fingir que la ve “solo como un hermano” si su intención real es una relación matrimonial, ese tipo de fingimientos (hipocresía) no es correcto dentro del pueblo de Dios.
La honestidad bíblica es parte de la santidad. Jesús dijo: “Sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no” (Mateo 5:37). El creyente no debe construir una máscara espiritual para sonar más santo de lo que es. Debe hablar con verdad, sobriedad y respeto. El problema no es reconocer atracción o el deseo sexual; el problema es mentir sobre ello.
El cortejo no santifica a nadie por sí solo

También es importante corregir otra idea muy difundida: la noción de que el varón va a guiar a la mujer a Cristo, esta es una obra del hombre sobre su esposa, pero esto es solo en el matrimonio y a largo plazo, no en un corto proceso de cortejo, el hombre no puede “hacer crecer” a una mujer en santidad mediante su interés romántico. Eso no es un poder que la Biblia le otorgue al hombre. La santificación es obra de Dios por su Espíritu, mediante la Palabra, en el contexto de la obediencia y la comunión con la iglesia (Juan 17:17; Filipenses 2:12-13; 1 Tesalonicenses 5:23).
Por supuesto, una relación seria puede ser un contexto donde ambos se animan a crecer, se exhortan y se observan con mayor claridad en carácter y fruto espiritual. Pero eso no significa que el hombre deba verse a sí mismo como el agente que va a “formar” la piedad de la mujer en poco tiempo. Eso sería presunción. La pregunta correcta no es: “¿podré yo cambiarla?”, sino: “¿es ella una mujer que ya evidencia temor de Dios, fidelidad, sabiduría y carácter digno de matrimonio?”
Proverbios 31 no describe a una mujer espiritual porque un hombre la moldeó en algunos meses, sino porque presenta el carácter maduro de una mujer temerosa de Dios. Y Proverbios 14:1 enseña que “la mujer sabia edifica su casa”, lo cual muestra que la sabiduría y la piedad no nacen de la fantasía romántica, sino de una vida transformada por Dios.
El matrimonio debe discernirse por fruto, no por apariencia

La Biblia enseña que no debemos juzgar según la apariencia, sino con justo juicio (Juan 7:24). Eso también aplica al matrimonio. Una mujer puede parecer hermosa, inteligente, encantadora o muy compatible a nivel emocional, pero lo decisivo es su relación con Cristo, su fruto espiritual, su dominio propio y su disposición a vivir bajo la Palabra de Dios. Lo mismo vale para el hombre.
Proverbios advierte que “engañosa es la gracia, y vana la hermosura; la mujer que teme a Jehová, ésa será alabada” (Proverbios 31:30). Ese principio corrige la superficialidad moderna. El creyente no debe dejarse gobernar por el impulso ni por la estética, ni por el deseo sexual, sino por el temor de Dios. La belleza externa puede atraer, pero es el carácter lo que sostiene un matrimonio piadoso.
Por eso, antes de pensar en emociones intensas, conviene mirar si hay congruencia espiritual, humildad, obediencia, dominio propio, servicio y reverencia a Dios. El matrimonio no se sostiene solo con química; se sostiene con pacto, gracia y obediencia.
La iglesia debe recuperar un lenguaje más sobrio

Gran parte de la confusión actual no proviene solo del mundo, sino de la iglesia que ha adoptado su manera de hablar. Hemos aprendido a ponerle velo espiritual a cosas que deberían tratarse con claridad. A veces se llama “dirección de Dios” a lo que en realidad es atracción; “propósito” a lo que en realidad es deseo; y “discernimiento” a lo que en realidad es indecisión o temor de hablar con honestidad.
La Biblia no nos llama a sonar más religiosos, sino a ser más fieles. Hablar con sobriedad, reconocer la realidad del deseo y someterlo a la Palabra no es carnalidad; es madurez. Pablo no trató el tema de la sexualidad con vergüenza, pero tampoco con ligereza. Lo trató con verdad, advertencia y esperanza en Cristo (1 Corintios 6:18-20; 1 Corintios 7:1-9).
La iglesia necesita recuperar ese equilibrio. Debe decir con claridad que el sexo es bueno dentro del matrimonio, que el deseo es real, que la atracción existe y que el matrimonio requiere discernimiento serio. Pero también debe afirmar que todo eso debe ser gobernado por la santidad, la verdad y el temor de Dios.
Conclusión
La Biblia no presenta las relaciones como lo hace la cultura, no romantiza u oculta el deseo sexual y no convierte el lenguaje piadoso en un sustituto de la verdad. Tampoco enseña que el amor bíblico consiste en negar la atracción o en fingir que una mujer o un hombre es “como un hermano” cuando se la está considerando para matrimonio. La Escritura llama a la honestidad, al dominio propio, al discernimiento y a la santidad.
El creyente debe recordar que el deseo sexual no es malo en sí mismo; malo es sacarlo del diseño de Dios. El matrimonio no es un producto del romanticismo moderno, sino un pacto santo y una institución creada por Dios desde el edén. Y la madurez no consiste en hablar con frases bonitas, sino en someter toda relación o deseo al señorío de Cristo.
Por eso, cuando se trate de “noviazgo”, cortejo o matrimonio, la pregunta principal no debe ser si hay emoción suficiente, sino si hay obediencia suficiente. No si la relación suena espiritual, sino si es bíblica. No si parece romántica, sino si honra a Dios.
Por: Luis M. Sarabia



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