Hebreos 10:25 y el mito de la “obligación” de congregarse!
Muchos reformados suelen apelar al “contexto” para justificar sus posturas, y con hebreos 10:25, yo usare el mismo argumento para refutar el absolutismo a la idea o mandato de “No dejar de congregarse como algunos tienen por costumbre” Para este pasaje yo les digo: … ¿Tuvieron en cuenta el contexto de He 10:25)?
Si realmente tomamos en cuenta el contexto de Hebreos 10, veremos algo importante: en todo el Nuevo Testamento no hay otro texto tan enfático que ordene a los cristianos a congregarse como este pasaje. Hay textos como Hechos 2:42, 46-47; Hechos 20:7; 1 Tesalonicenses 5:11 y otros similares que muestran claramente que la iglesia se reunía, pero estos versículos describen la vida de la iglesia en su nacimiento, tanto en Jerusalén como en el resto del Imperio romano. No son mandamientos directos, sino ejemplos de la práctica de la iglesia.
¿Hebreos 10:25, mandato universal o advertencia para los que se apartan?
El pasaje de hebreos, en cambio, tiene un tono de advertencia. La carta se dirige a cristianos, en su mayoría judíos, que estaban siendo tentados a abandonar la fe cristiana para volver al sistema religioso judaico. En ese contexto, “no dejar de congregarse” no es simplemente una regla para la asistencia dominical, sino parte de una amonestación a no apartarse de Cristo. Es decir, estas personas no solo estaban dejando de congregarse, sino que estaban dejando de practicar las buenas obras cristianas y, en última instancia, querían abandonar la fe.
Por lo tanto, no vemos a los apóstoles —ni siquiera a Pablo— exhortando de forma sistemática a las iglesias a “no dejar de congregarse” como si se tratara de un mandamiento universal repetido una y otra vez. El llamado específico de hebreos 10:25 se dirige a creyentes que están en proceso de alejarse de la fe; una de las evidencias de este alejamiento es precisamente que dejan de congregarse. De ahí se desprende una idea importante: un cristiano que está firme en su fe y que, por alguna circunstancia, deja de congregarse por un tiempo, no necesariamente está incluido en la situación de hebreos 10:25, porque su permanencia en la fe no depende de la asistencia a un lugar, sino de la obra de Dios en su vida.
A lo largo de la historia de la iglesia ha habido épocas en las que congregarse no era una opción real. Aun así, el pueblo de Dios se sostuvo en la fe. Basta pensar en los tiempos de persecución de los primeros siglos, o en largos periodos en los que la iglesia genuina de Cristo prácticamente se volvió “invisible”, como desde parte del siglo III hasta los tiempos de la Reforma. Los verdaderos hijos de Dios no dependen de un edificio o de una estructura visible para evidenciar su fe; de hecho, para muchos, la idea de “congregarse” se convierte en una trampa, porque terminan poniendo su confianza en la actividad religiosa y no en Dios, que es quien realmente sostiene al creyente.
También ocurre que algunos llegan a creer que el simple hecho de congregarse los hace más santos o aceptos delante de Dios. Eso puede conducir a la hipocresía y al orgullo espiritual: se mide la espiritualidad por la asistencia, y no por una fe viva y obediente a Cristo. Cuando la samaritana preguntó al Señor cuál era el lugar correcto para adorar, Jesús dejó claro que el tema central no era el lugar, sino el tipo de adorador: Dios busca adoradores en espíritu y en verdad, no personas atadas a un sitio físico como condición para su aceptación.
La experiencia reciente durante la “pandemia” también expuso mucho del corazón de la iglesia contemporánea. Se vio cuántos abandonaron la fe al dejar de congregarse. ¿Por qué ocurrió esto? Porque su sostenimiento estaba basado en los programas eclesiásticos, la liturgia, las actividades y las relaciones humanas, y no en Dios mismo. Esa crisis desenmascaró la fragilidad de la fe de muchos y mostró sobre qué fundamento estaban construyendo.

Hoy, en muchos contextos, se le da al hecho de congregarse un valor tan exagerado que, si una persona no asiste a la iglesia por un tiempo, se le etiqueta de inmediato como débil en la fe, sin fe, o incluso incrédula. Y, en contraste, al que no falta nunca se le considera automáticamente el más santo y espiritual. Además, el tema de congregarse se ha usado no pocas veces como herramienta de manipulación, haciéndole creer a la gente que, al asistir, están agradando más a Dios y ganando méritos, alejándolos así de la esencia del evangelio: la salvación y la vida cristiana son por gracia, no por obras, ni siquiera por la “obra” de ir fielmente a un culto.
Conclusión
Congregarse es bueno, bíblico y saludable, pero no es el fundamento de la salvación ni el termómetro absoluto de la verdadera espiritualidad. El énfasis de Hebreos 10:25 no es crear una regla legalista de asistencia, sino advertir a aquellos que se están alejando de Cristo, evidenciado —entre otras cosas— por dejar de congregarse. El verdadero creyente se sostiene porque Dios lo guarda en la fe; la congregación es un medio de gracia, no el origen ni la garantía de esa gracia. Por eso, en lugar de absolutizar la asistencia a la iglesia como si fuera el centro del cristianismo, debemos volver a Cristo mismo como fundamento, y desde ahí valorar la congregación de manera sana, sin manipulación, sin orgullo espiritual y sin confundir el medio con la meta.
L.M.S



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